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La sorprendente roca de El Dajao en Caratá

POR RAFAEL EDUARDO ESPINAL.- 
Sábado 2 de febrero de 2019, 5:30 a.m. Animado por la aventura y la pasión por la historia, la arqueología y la antropología, me enrumbo junto al arquitecto Darío Franco, los profesores puertoplateños Eddy Peña y Adriano Rivera y mi hijo Rafael Eduardo Espinal Durán hacia la Línea Noroeste “por dentro”, a recorrer Esperanza, Mao, Santiago Rodríguez, Villa Los Almácigos, Partido, Santiago La Cruz y Loma de Cabrera. En la fortaleza de Restauración, en la provincia de Dajabón, se procura la autorización especial para transitar por la Carretera Internacional, que debemos mostrar en el puesto de guardia de su kilómetro 2. En Villa Anacaona, al pie de una iglesia cuasi mágica, rodeada de pinares, hay que entregar el permiso en una nueva posta del Ejército de República Dominicana. Un guardia se sonríe y deja caer la cadena sobre el último tramo de asfalto que se ve en todo lo que sigue de la ruta, como si abriera un portal a una dimensión distinta, que habrá de recorrerse a cuenta y riesgo. Entramos a la maldición que nos legaron España y Francia. Entramos a la frontera.
Niños haitianos desesperados por comida o dinero corren descalzos tan rápido como el vehículo sobre el camino arenoso. En la comunidad haitiana de Tirolí nos sorprende un abigarrado mercado, evidencia de las distancias culturales, que ocupa todo el espacio de la carretera y donde los hitos que demarcan la línea fronteriza, colocados en 1929, parecen más piezas echadas a menos que expresiones de dominicanidad. Mujeres y niños llevan sobre sus cabezas mercancías cubiertas por el polvo de los autos. Los pinares disminuyen mientras avanzamos y montañas completamente peladas, cuyos terrenos los dominicanos arriendan a los haitianos para cultivos, se adueñan de un paisaje cada vez más desolado y abandonado.
Un nuevo puesto de guardia da cuenta de un cruce de caminos: a la derecha se sigue al municipio de Pedro Santana, en la provincia de Elías Piña, y a la izquierda al distrito municipal de Guayajayuco, nuestro destino. En el camino se interpone el río Artibonito, salvado por un bloque de concreto que hace las veces de puente y que conecta un camino en peores condiciones que el que dejamos atrás. En el agreste Guayajayuco, poblado solamente por los que no saben cómo y a dónde escapar, recogemos a nuestro guía, el profesor Melvin Gomera, de la escuela de la comunidad, que nos lleva por una maltrecha ruta, entre pedregales y silencios, hasta el arroyo El Dajao, en el paraje de Caratá, justo en la frontera del paraje de Rosó, donde en marzo de 2012 la arqueóloga Diana Peña Bastalla dio con una pieza singular.
Aquí, en un tramo ahora seco de su lecho, hallamos una piedra de regular tamaño, desconocida por la mayoría de lugareños, pero de una gran importancia por los relevantes petroglifos en su superficie. En una de sus caras laterales aparece una figura antropomorfa, masculina como lo delatan sus testículos, en cuclillas y con los brazos sobre sus piernas. Las que parecen ser lágrimas que brotan de sus ojos nos llevan a pensar que se trata de una representación de Boinayel, uno de los once dioses del Turei taíno, hijo o descendiente espiritual de la serpiente parda, que sube al cielo a depositar el agua en las nubes, y antagónico de Márohu, el buen tiempo. En la cara superior, otra figura antropomorfa con los brazos sobre la cabeza y también con las piernas flexionadas parecería ser Atabey, la Madre de las Aguas, deidad femenina fundamental por su relación con el agua, y madre de Yucahú Baguá Maórocoti, el más importante de los dioses taínos, señor de la yuca y el mar, y de Corocote, últimos estos que bien podrían ser los representados en otra de las caras de la roca, acompañados de una tercera figura antropomorfa. ¿O será la figura femenina Itiba Cahubaba y ellos sus hijos, los gemelos míticos que fueron responsables directos de la creación del mar y los peces al romper la calabaza donde se conservaban los restos de Yayael, el hijo del dios supremo Yaya? Dentro del conjunto sobresalen además dos rostros con los ojos y bocas remarcados - ¿máscaras rituales, Macocael? Los que aparecen acompañados de siete petroglifos más simples, “caritas” con los ojos y bocas definidos a partir de surcos y honduras en la roca.
Como precisa Adolfo López Belando, investigador asociado del Museo del Hombre Dominicano, en su obra “La memoria de las rocas – Arte rupestre en la República Dominicana” (2018), “los petroglifos grabados en rocas a la intemperie son una de las muestras de arte rupestre más extendida e interesante” del país y las “asociadas a corrientes de agua tienen una evidente relación con los ritos que se realizaban basados en la conservación de este recurso, fundamental para la subsistencia de los indígenas”. La roca de El Dajao en Caratá, sin dudas asociada a un entorno ritual acuático como lo evidencian sus atrayentes petroglifos, amerita ser estudiada por los especialistas en el área para develar su significado mágico.

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