Esmarline de León, de Santo Domingo a PR y a Harvard

Para entender bien esta historia, hay que ubicarse primero en tiempo y en espacio.
Empezamos en los primeros años del Siglo XXI, en un atestado y ruidoso salón de sexto grado de la escuela elemental Alejandro Tapia y Rivera, en Villa Palmeras. Hay decenas de estudiantes, entre estos una niña morenita, delgada, de mirada tímida, asustada, que casi nunca habla, recién llegada de la República Dominicana.
Llegó con su madre y con su abuela. No quería estar aquí. Todos los días extrañaba a Villa Consuelo, el barrio de Santo Domingo que dejó atrás, paupérrimo, pero donde, protegida de las carencias por una madre que se desvivía por su única hija, era muy feliz.Acá, vivía junto a su madre y su abuela en El Mirador, uno de los varios residenciales públicos ubicados literalmente al margen de San Juan, junto a la laguna San José, una zona infestada de pobreza, de crimen y de marginación, donde también están Fray Bartolomé de las Casas y Las Margaritas.
En la escuela, no tenía amistades. Temía hablar porque se burlaban de su acento, de que dijera “vaina”. Era acosada por niñas más grandes, pero no las denunciaba, ni ante su madre, porque vivían en su mismo vecindario y temía que eso empeorara los problemas. Se sentía discriminada hasta por sus maestras.
En Santo Domingo, no era la mejor estudiante de su grupo, pero tampoco le iba mal. Acá, la soledad, las burlas, la añoranza por su barrio, el no encontrarse a sí misma en país extraño, no le dejaban concentrarse y no estaba teniendo éxito en clase. En casa, la madre, aterrada del vecindario, no la dejaba salir ni al patio.
La niña vivía sola, desmotivada, triste, enfrentada a circunstancias que podría decirse que la superaban, que de seguro la derrotarían. Habría sido muy arriesgado apostarle a su favor entonces. Pero, algunas apuestas se pierden.
Esta es una.
A la niña, Esmarline de León Peralta, que tiene ahora 24 años, la encontramos hace unos días, década y media después de haber llegado a San Juan, en el Recinto Universitario de Mayagüez (RUM) de la Universidad de Puerto Rico (UPR), donde está a punto de obtener un bachillerato en ingeniería química. Durante su bachillerato, ha hecho internados en los laboratorios y universidades más importantes del mundo, incluyendo la Universidad de Harvard y la Administración Nacional de Aeronáutica y Espacio de Estados Unidos, la famosa NASA.
Ha trabajado bajo la supervisión de algunos de los científicos más eminentes del planeta. Ya fue aceptada para, al graduarse en mayo del 2019, trabajar como técnica de investigaciones en el Massachusetts General Hospital (Mass General), uno de los centros de adiestramiento de la Escuela de Medicina de Harvard y que es también la principal institución de investigaciones médicas del mundo. Espera estar allí uno o dos años, mientras se prepara para entrar al programa dual de doctorado y medicina de Harvard y el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, en inglés).
Menudo salto, pues. ¿Cómo se llega de las oscuras cavernas de la marginación, a tales alturas? ¿Qué pasa en la vida de alguien cuyas circunstancias le son del todo adversas, que parecía haber nacido para fracasar, que le permite abstraerse de todo lo opresivo que le rodea y alzar vuelo así? ¿Cuáles son las claves que pueden, como en este caso, romper el ciclo maldito de la pobreza?
La materia de los triunfos
En la historia de Esmarline se ve, con una claridad que deslumbra, de qué están hechos los triunfos. Pero primero, antes de los triunfos, hay que volver un momento a la elemental Tapia y Rivera.
Había un examen de diptongos, triptongos e hiatos. Esmarline tenía muchas dudas sobre el tema, pero debido a las burlas de sus compañeros de clase y a que esa maestra en particular parecía tener algo contra ella, nunca se atrevió a tratar de aclararlas. Como era de esperarse, sacó F. La maestra, con alguna especie de júbilo morboso, le hizo saber a toda la clase cómo le fue a Esmarline.
Esmarline lloró como nunca.
“Sentí la humillación más grande que me habían hecho en la vida. Nunca me había sentido así. Nunca había sido la mejor estudiante del salón, pero nunca me había sentido así”, cuenta, aún emocionada por el recuerdo.
Pero no se quedó ahí. “En ese momento, decidí que iba a ser la mejor en todo, que en todo lo que hiciera iba a dar mi máximo para ser la mejor”, agrega.
Fue estudiante de 4.00 a partir de entonces. Jamás volvió a sacar siquiera una B. En poco tiempo, su fama de estudiante sobresaliente se fue extendiendo por toda su escuela y más allá. Los que una vez se burlaban de ella, terminaron pidiéndole que les ayudara, sobre todo en Ciencias y Matemáticas, que a Esmarline se le daban de manera muy natural.
Nunca más ha sido humillada. “Ese día cambió mi vida”, dice.
Las escuelas en que estudió después – la intermedia Manuel Elzaburu en Las Margaritas y la superior Albert Einstein en Barrio Obrero – no son fáciles. Esmarline recuerda que abundaban las drogas, las peleas, los problemas sociales. Igual pasaba en El Mirador, donde tenía un punto de drogas frente a su casa. Había también un edificio abandonado atrás, donde operaba un hospitalillo al que entraban y del que salían sin pausa seres humanos minados por la bestia de la drogadicción.
A menudo, Esmarline, su mamá, Jacqueline Peralta y su abuela, Lidia María Henríquez, que falleció en el 2010, tenían que dormir en el piso de su apartamento, por las continuas balaceras.
Nada afectaba a Esmarline. Ella estaba como en otro plano de la realidad. No veía lo que le rodeaba, porque tenía su mirada fija en las alturas. Puede decirse que vivía en una burbuja creada por su madre, quien había estudiado ingeniería en la República Dominicana, pero nunca pudo ejercerla aquí porque no encontró el tiempo ni los recursos para licenciarse y siempre ha trabajado como dependiente en tiendas de ropa.
La sombra que no la dejaba
La madre no la perdía ni en los llanos ni en las cuestas. Apenas la dejaba salir. Cuando salía, era una sombra que nunca se le despegaba. “Yo estaba en esta cajita, que era mi casa. No necesariamente yo sabía que era tan peligroso lo que tenía a su alrededor”, dice Esmarline.
En octavo grado, Esmarline tuvo el primer encuentro con el que terminaría siendo su destino: su primera clase de Química. Pero tanto como la clase, le fascinó la maestra, comprometida, creativa, que vinculaba a los estudiantes, que le daba vueltas a las fórmulas para hacer a la química accesible y relevante. La clase tuvo en efecto cautivador en Esmarline, que le dura hasta hoy. “Me enamoré de la Química”, dice.
Más o menos para ese tiempo, ocurrieron otros dos eventos que también serían determinantes en su vida. La administración del residencial El Mirador inauguró una biblioteca electrónica. Siendo una biblioteca y, estando prácticamente al lado de su casa, la madre la dejaba ir y pasar allí cuanto tiempo quisiera. Esmarline nunca había tenido acceso a computadoras (sí, hay niños sin acceso a computadoras), que le abrieron las puertas del mundo y la sacaron del estrecho túnel de niña pobre, sin acceso a tecnología, sin recursos educativos, en que vivía.
La niña se bebió la biblioteca. La convirtió en su segunda casa. Se hizo prácticamente la ayudante de la bibliotecaria. Allí exploraba el mundo en la computadora, alimentaba su insaciable curiosidad por las ciencias y, al mismo tiempo, ayudaba a otros niños en sus asignaciones. Pero como todo tiene su final, especialmente lo bueno, la bibliotecaria se enfermó y la biblioteca cerró. Esmarline no solo se quedó sin donde seguir saciando su sed de conocimiento, sino también donde hacer e imprimir sus asignaciones.
El segundo gran salto
Entonces alguien le habló del Boys & Girls Club (B&G), una organización sin fines de lucro, dedicada a ayudar a combatir la pobreza infantil, que tiene una sede en Las Margaritas. Esmarline había oído hablar de la organización, pero pensaba que era de deportes. En realidad, B&G ayuda a niños desventajados económicamente a explorar, fortalecer y explotar cualesquiera sean sus talentos, con el fin de ayudarlos a ascender en la escalera social y romper el ciclo de la pobreza.
Hubo que convencer a la madre de Esmarline, que no conocía la organización y no le gustaba que estuviera en Las Margaritas, a unos ocho minutos caminando de El Mirador. Pero una vez fue convencida de que el sitio era seguro, le permitió a Esmarline ir a pasar sus tardes allí.
Ese fue el segundo gran salto.
En B&G, a Esmarline se le asignaron mentores que la ayudaron a vencer los temores que aún tenía sobre su origen y sus posibilidades en la vida. Le enseñaron a no ponerle límites a sus aspiraciones. Le enseñaron, en resumen, a no temerse a sí misma, ni a permitir que nada que no fuera su propio talento se interpusiera entre ella y sus aspiraciones.
Cuando Esmarline estaba en grado once, un ingeniero químico de la NASA dio una charla en su escuela. Esmarline vio en la charla que la NASA era mucho más que simplemente naves espaciales, la Luna, Marte, esas cosas. Descubrió que a través de la NASA podía explorar prácticamente todas las curiosidades de su inquieto intelecto: la ciencia, la química, la ingeniería, la investigación y la medicina, entre muchas otras. La NASA se convirtió en una de las metas que ha ido alcanzando.
“Cuando él explicó que él hacía con las naves y todo eso, me acuerdo que me emocioné mucho”, cuenta Esmarline.
A la hora de elegir una carrera universitaria, Esmarline enfrentó un dilema. A través de su experiencia en B&G, descubrió lo mucho que le gustaba ayudar a la gente, por lo que consideró estudiar trabajo social. Pero a la misma vez, sentía la necesidad de alimentar su pasión por las Ciencias y las Matemáticas.
El entonces director de B&G en Las Margaritas, Amílcar Cotto, le ayudó a resolver la disyuntiva. “Amílcar me dice a mí, y yo no lo había visto así, que en realidad para yo ayudar a alguien no necesariamente tengo que estudiar trabajo social. Ahí fue cuando yo dije que voy a estudiar ingeniería química y pues entonces puedo ayudar también”, dice Esmarline.
En agosto de 2011, llegó al RUM. Fue un paso gigante, que permitió empezar a ver con mayor claridad el boceto del futuro que con su voluntad había ido construyendo.
Pero seguía siendo la niña pobre de Las Margaritas. El expresidente del B&G, José Campos, la tuvo que ayudar a pagar su hospedaje. Va y viene de Mayagüez en carro público, en la “Línea Sultana”, que desde tiempos inmemoriales cubre esa ruta. El viaje, que dura mínimo cuatro horas, por las paradas, le cuesta $25. Si viajara todos los fines de semana, serían $200 mensuales, que obviamente no tiene. “A veces no puedo ver a mi mamá”, dice.
Pero académicamente, nada podía detenerla. En su último verano antes de la universidad, gracias a una maestra de Física de su escuela superior, tomó un internado de verano en el laboratorio del profesor Carlos Rinaldi, que trabajaba proyectos de nanotecnología. La experiencia le fascinó y durante su primer semestre en el RUM solicitó integrarse formalmente a ese laboratorio.
Compañeros de clase le dijeron que era muy difícil, que el laboratorio del profesor Rinaldi era muy avanzado, que ella estaba apenas empezando, que casi nadie entraba hasta el tercer año, que al 99% de lo que solicitaban no los aceptaban, que si esto, que si aquello. Nada la amilanó. El profesor Rinaldi la atendió, pero le pidió que antes de pensar en internados concluyera su primer semestre, que la trajera las notas y que entonces hablaban.
En enero siguiente le llevó sus notas: todas A. Rinaldi la aceptó y en su segundo semestre en Mayagüez, Esmarline estaba en uno de los laboratorios más avanzados del RUM, donde laboró hasta el 2016, eventualmente bajo la tutela de la profesora Madeline Torres, quien sustituyó a Rinaldi cuando este se trasladó a la Universidad de Florida.
“En el (B&G) club, ellos me enseñaron a ser bien proactiva, a buscar las oportunidades y todo eso. Como yo siempre he estado solita con mami, y con todos los obstáculos que tuve, pues siempre estoy buscando oportunidades por mí misma”, cuenta.
Esa búsqueda incesante de “oportunidades”, no para.
Cada diciembre, Esmarline elige los internados a los que quiere aspirar para primavera y verano del año siguiente. Escribe los ensayos. Los lleva a corregir al Centro de Redacción de Inglés del RUM, porque, como muchos de los estudiantes de escuela pública, su inglés no es perfecto. Los envía y espera las respuestas.
Esa determinación la llevó a la Universidad del Estado de Ohio en el 2013; al Instituto Tecnológico de Georgia (Georgia Tech) en el 2014; a Harvard en el 2015 y en el 2016, al Mass General en el 2017 y a la NASA en primavera y en verano de este año.
En Harvard y en Mass General ha trabajado bajo la supervisión de Arturo Saavedra, un médico boricua especializado en dermatología; de Guillermo Tearney, patólogo de fama mundial y del químico George Whitesides, que ha escrito cerca de 1,200 artículos, tiene más de 100 patentes y está entre los científicos de su área más citados del mundo.
“Él (Whitesides) fue uno de los mejores mentores de mi vida. Yo amé su investigación. Él ha trabajado muchas cosas para países no desarrollados, que son cosas que a mí me interesan”, dice Esmarline, quien se inclina por las investigaciones que tengan que ver con la lucha contra el cáncer y de asistencia a naciones subdesarrolladas.
Eco imborrable del pasado
A pesar de lo alto que ha volado, a Esmarline todavía le afecta lo que le pasó con la maestra de sexto grado. El incidente de vez en cuando le viene a la memoria y la vuelve a sacudir. A causa de ello, es que siempre ha vivido con la presión de no volver a fallar.
Eso le causó, según sus palabras, “un pequeño proceso de depresión” cuando sus muchas responsabilidades, que incluyeron, además de las clases, su trabajo en el laboratorio del profesor Rinaldi, su membresía en varias organizaciones estudiantiles y su empleo en el Centro Universitario de Asistencia (CUA), una organización de apoyo a estudiantes de residenciales públicos, le hizo bajar de su promedio de 4.00.
Pero ha ido poco a poco reconciliándose con la idea de que no siempre hay que ser perfecto.
“Antes yo estaba enfocada solamente en los estudios y en actividades extracurriculares y en ser perfecta. Pero aprendí también a valorar más la parte humana, a que no tenemos que ser perfectos y que todos cometemos errores. Desde pequeña, me puse la meta de que yo iba a ser la mejor siempre y descubrí que no necesariamente tiene que ser así. Y en realidad no tienes que tener cuatro puntos para ir a Harvard”, dice la joven, que se despeja escuchando música sacra.
Esmarline cree que su historia demuestra que dónde hay un “no”, suele ocultarse también un “sí”. “Cuando yo era chiquita me dijeron tantas veces que yo no podía, que yo no era capaz, que yo era de otro país, pero tuve la determinación de saber que siempre donde hay no, también hay un sí”, dice Esmarline, quien aconseja a los jóvenes “que nunca se rindan, nunca se pongan un no”.
“Yo siempre pienso positivo, o al menos casi siempre”, agrega.
Esmarline habla con igual entusiasmo de las cosas que ha logrado, como de las que trabaja por lograr más adelante. Está convencida de que logrará completar el programa dual de medicina y doctorado de Harvard y MIT. No solamente quiere encontrar soluciones a los problemas de salud en los laboratorios, sino también tener la oportunidad de interactuar con los pacientes que se beneficien de los descubrimientos.
“Yo no solamente quiero crear una partícula que pueda destruir el cáncer, sino que quisiera también tener la interacción con los pacientes”, dice la joven, quien también quiere ser astronauta porque en sus dos internados en la NASA ha descubierto también que todo lo que se hace en el espacio es aplicable a la tierra.
Sus metas, como puede verse, están, literalmente, en el espacio. Pero, dado lo volado hasta ahora, y las barreras que tuvo que superar para elevarse, ¿quién volvería a apostarle en contra?
Fuente: EL NUEVO DIA

Share on Google Plus

About El Periodiquito Oriental

0 comentarios:

Publicar un comentario

Saludos a todos

CONTACTOS

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *