LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD


                                                     


UN CUENTO DE RAMÓN SANCHEZ

A raíz de la muerte del ilustre escritor Gaetano  Aceves  el sargento Apolinar Buenrostro fue requerido por las autoridades a fin de dar por terminada las investigaciones que se le seguía al mayor Glauco Montejo considerado por mucho el ideólogo del sonado caso, cuando el suboficial estuvo en frente de la comisión investigadora el  contó lo siguiente: señor  ese día yo estaba de guardia en la puerta principal de la fortaleza cuando vi llegar al oficial en cuestión,  ¿lo conocía usted intervino un joven militar?, no señor respondió el sargento; de acuerdo prosiga con el relato, recuerdo que ese día el mayor  se presentó enfundado en su uniforme rameado, cuando yo noté que no llevaba puesta sus insignias militares supuse que la cosa no andaban bien, al entrar.  el oficial  estacionó su jeep en el lugar que tenia asignado dentro del recinto, antes de desmontarse, se  despojó de su kepí, colocando este sobre el asiento del pasajero, pero desde que puso los pies sobre la tierra, sus subalternos temerosos corrimos para hacerle el saludo de rigor, lo hicimos mas por miedo que por deber ya que el mayor Montejo era un hombre que infundía temor hasta a sus propios compañeros de armas.

 Como era su costumbre, siguió contando el sargento, el mayor  no solía devolverle el saludo a ningún alistado, el solo se limitaba a contestar con un gesto, luego seguía su camino llevándose por delante a todos el que encontraba a sus pasos. 
 Pero como los guardias fuimos formados para recibir órdenes yo me limité a cumplir, allí me quedé firme y sereno hasta que lo vi perderse entre los peldaños de la escalera.

Recuerdo que en ese entonces, su oficina estaba ubicada en la segunda planta del recinto, pegadita a la suya estaba la del coronel Belisario Angustia, el mayor solía visitarlo con cierta regularidad, pero ese día no se por que razón la rutina se rompió, ese día el se fue derechito a su despacho.
Cuando ya el se disponía a entrar fue solicitado por el coronel, haciendo un gesto con la boca el mayor dio medio vuelta y penetró al despacho de su superior, al rato  salió  echando chispa, pienso que allí fue informado que dentro de su oficina varios hombres les aguardaban. 
  
Unos minutos antes de que el saliera de la oficina del coronel, yo había recibido una orden para que me trasladara a prestar servicio ante la puerta de su despacho dijo el sargento; tenia la encomienda de que mientras el estuviera dentro nadie debía entorpecer sus labores.                                                      
Pasaban de las diez cuando lo vi acercarse  para entonces ya yo estaba firme en el puesto; pero como me di cuenta que en su cara traía un gran desencanto opte por echarme a un lado; cuando el abrió la puerta de su oficina, de inmediato clavó sus pequeños ojos en los ojos de los hombres que lo esperaban y en un ataque de ira le escuché decir: 

  Ustedes no son mas que una sica* (palabra muy usada por los militares de alto rango para referirse a los civiles y a los militares de un grado inferior) hasta cuando es que les vamos a permitir a ese mojón que siga hablando pendejada eh.

Sin dudas que el mayor se refería a un novel  escritor que desde hacia poco tiempo se iba abriendo camino entre la juventud agregó el sargento, el también escribía una columna en un matutino de mucha circulación, pero en los pasillos del recinto su muerte era un secreto a voces, la plana mayor en pleno ya lo había sentenciado agregó el sargento; en tono despectivo decían que el escritorcito ese era un engreído y había que cerrarlo el pico, alegaban que el joven era enemigo de los guardias y por ende del gobierno. 

Dentro de su oficina el mayor lleno de coraje seguía hablando con sus hombres de este modo; ese cabrón se la ha cogido con los guardias, y por si no lo sabían aquí tengo la orden pa’ descojonarlo; de uno de sus bolsillo sacó un papel escrito a mano y dijo, desde arriba me están presionando pa.’ que le cerremos el pico a esa porquería, ya esta bueno carajo agregó dando un manotazo en el escritorio, e mas será mejor que se preparen porque esta misma noche ese pedazo de mierda va a recibir su merecido, y hay de ustedes si me fallan como la vez anterior, ay de ustedes repitió en tono amenazante el mayor.

Ese día, mientras el oficial hablaba con  aquellos matarife dijo el sargento, vi que por el lado opuesto a su oficina unos oficiales se acercaban, mi intuición me dijo que tenían las intenciones de visitar al oficial y conociendo que el militar tenia fama de soberbio, me limpie el pecho par de veces, creo que los soldados entendieron mi mensaje y obstaron por no interrumpir.

Desde mi posición yo escuchaba clarito lo que decía el mayor, después de muchos regaño, lo oí cuando dijo:                                                                                   Esta vez solo lo amedrentaremos, pero eso si coño, eso si repitió el mayor,  si se revela descojónenlo que a mi no se me hará difícil conseguirle la libertad, y si por hache o por erre algo sale mal, no quiero que bajo ninguna circunstancia mienten mi nombre, escucharon bien partía de pendejos, si señor dijeron al unísono aquellos criminales.

Después que el oficial terminó de impartir sus instrucciones -contó el sargento- salió apresurado del recinto, cuando me miró  pude ver la desconfianza en su cara; el no dijo a donde iba, tampoco tenia que hacerlo por que un hombre de su estatura no tenia que dar explicaciones y mucho menos a un subalterno.
Como  quedó acordado, esa noche el crimen se consumó dijo el sargento, me enteré al otro día cuando lo leí en la prensa, y aunque hubo algunas protesta a los pocos días la situación se calmó.
La muerte de aquel hombre escandalizó el país agregó, y aunque el rumor decía que la justicia tenia conocimiento de quienes eran sus asesinos, el mayor Montejo y sus hombres decidieron  acallar esas voces, y lo hicieron partiéndole el pezcueso a un familiar cercano del difunto, estos me lo dijo el mismo oficial muchos años después cuando el era general y yo era el jefe de su escolta personal concluyó diciendo el sargento.

Explíqueme eso  dijo uno de los oficiales que lo interrogaba, en ese momento se recibió una llamada y el cuestionamiento fue sus- pendido. 

Con el tiempo el caso cayó en el olvido, pero cuatro lustro mas tarde fue reabierto, ya para la época el mayor Montejo ostentaba el rango de general y el antiguo sargento era capitán,  este ultimo fue el  primero en ser llamado a declarar, durante el interrogatorio el ahora capitán dijo lo siguiente: en la misma fecha  del crimen, pero quince años después a mi me ascendieron al grado que ostento hoy, días después fui transferido a la escolta del ahora general, doy fe y testimonio que desde aquel lunes diez y siete cuando estuve de guardia en su oficina jamás lo había visto de nuevo aseguró el capitán. 

Cuando siguió contando lo hizo de este modo, de entrada me pareció un hombre diferente creo que había madurado aseveró.

Un mes después de mi llegada, recibí la orden de presentarme a su despacho, no voy a negar que sentí algo de miedo, pero debía acudir a la cita, cuando estuve frente a el le hice el saludo de rigor, esta vez el contestó en tono amable, a seguida me ordenó descansar, ordene y mande le dije taconeando mis botas contra el piso, capitán le ordeno presentarse mañana a las tres en punto a mi casa.

Sin decir una sola palabra yo aprobé su mandato. 
Al otro día acudí puntualmente a la cita, cuando me encontré con él vestía de civil, usaba pantalones grises y una chacabana blanca con rayitas azules; no portaba arma, el lugar donde me recibió era acogedor, estaba preparado como si fuera para una gran celebración, eso fue lo que pensé razonó el antiguo sargento.

  Acto seguido el general se sirvió un trago de whisky y preguntó, ¿talvez le resulte extraño que lo haya invitado a mi casa?, creo que como mi superior usted tiene el derecho de hacerlo respondí, este encuentro no es casual y amerita un brindis dijo el general, pero comandante yo no tomo dije,  olvídese de esa vaina, hoy  usted vas a beber conmigo dijo de una manera descompuesta, perdóneme capitán desde un tiempo para acá a veces me exalto fácil-mente dijo el general.
 Después del mal entendido yo acepté tomar una copa de vino, en ese momento el general tomó el teléfono, llamó a la casa de guardia, y mirando a uno y otro lado ordenó  que no se le molestara, cuando se calmó nos pusimos  a conversar de muchas cosas.

 Después de un rato, el se me quedó mirando directamente a los ojos y preguntó, ¿capitán es usted cristiano?, no señor,  pero toda la vida he sido un ferviente creyente en Dios dijo el militar.
Era casi la nueve de la noche cuando los jueces optaron por suspender la sección.

Al otro día cuando el antiguo mayor retomó la conversación se quedó mirando a una joven abogada que formaba parte del jurado y dijo: Como se habrá dado cuenta, lo traje hasta mí casa porque estoy a punto de reventar dijo el general, esa vaina no me  deja ni dormir, y si lo hice venir hasta mi casa es por que creo que usted es un hombre responsable, honesto y por demás creyente del señor, cuando lo escuché hablar de ese modo me levanté para expresarle mi respeto, pero el ordenó que me sentara, y cuando iba a hacerlo preguntó  ¿capitán  ¿que día es hoy? viernes señor respondí algo nervioso ¿estamos en marzo no?, si señor, le hice la pregunta dijo el antiguo mayor por que creo recordar el día donde nos vimos por ultima vez. 

Después de estas palabras se produjo un gran silencio, mientras tanto el general seguía tomando whisky sin dar tregua a que el alcohol se le acomodara en el hígado, y a medida que el liquido se le iba metiendo entre las venas, aquel hombre iba desembuchando cosas que a mi no me agradaba recordar dijo el capitán, entre las cosas que me contó habían muchas atroci-dades, de pronto el paró de golpe y dijo…

 Que bueno que esa época ya fue supera-da, unos segundos después agregó me gustaría que usted conozca lo pormenores de ese caso.
  
Como el vio que yo divagué unos segundos señalo; capitán no se apendeje, acaso usted cree que le voy a creer aquello de que usted no escuchó todo lo relacionado a la trama cuando decidimos matar a ese muchacho.
Señor dijo el capitán, y había necesidad de liquidarlo, yo no se si la había, pero las ordenes son ordenes y se hacen pa’ cumplirla respondió en torno enérgico el oficial superior. 
 Por un rato tanto el como yo nos mantuvi-mos en silencio, de pronto el rompió la pausa y dijo,  mire capitán, yo tuve una niñez algo complicada, yo no conocí otra cosa que no fuera la rudeza de mi padre, a los diez y seis años ya yo estaba en los cuarteles, y aun siendo todavía un muchacho el  me obligaba a torturar a muchos inocentes, aunque también habían criminales, figúrese que el mismo día que me enganche mi padre me enseño  a sacarle los granos a los hombres con dos palitos, cuando escuché aquellas palabras sentí escalofrió en todo el cuerpo, me di cuenta que estaba ante un psicópata, hombre que tenia el alma de asesino; a propósito capitán  que haría usted si lo llamaran para asignarle un trabajito como el que a mi me encomendaron.

 La verdad que yo no supe contestar dijo el antiguo sargento.
  Con una mirada dudosa el general siguió contando todos los detalles del crimen del escritor; recuerdo que ese día el sol se ocultó un poco tarde dijo el general, para la ocasión tuve que vestirme de civil, como usted entenderás para este tipo de trabajo no es bueno usar ropa de faena, tampoco es que usted vas a andar lleno de harapos razonó, particularmente soy un hombre que me gusta vestir bien eh, y mas que eso agregó, soy de una generación de soldado que cuando se le asigna una misión la lleva a cabo aunque se caiga un pedazo de cielo dijo el hombre mientras llenaba una vez mas el vaso  hasta el borde.
Y como haciendo alarde de su buena memoria apuntó: a mi no se me olvida la ultima vez que usted y yo nos pechamos, lo recuerdo bien parado en la puerta de mi despacho, aunque no tuve la oportunidad para decírselo, sabia que usted llegaría lejos, y no me equivoqué eh.
  A propósito capitán, si usted escuchó lo de la trama para quitar del medio al boconcito aquel, por que  no nos delató, por respeto general le conteste, además en esa época nadie iba a creer en la palabra de un guardia de poca monta como yo, pero usted se fijó bien en mis hombres eh, no señor dijo el capitán, y por que no lo hizo, porque ese caso no era de mi incumbencia,  y para serle franco lo único que recuerdo es que cuando usted salió de su despacho sus muchachos como usted le llamaba a aquella banda de criminales abordaron un camión que salía del recinto.
Mire capitán esos muchachos fueron entrenado por mi interrumpió el general  bajo lo efecto de la borrachera, a alguno ya los habían echado de la fila dijo y yo lo rescate para esta operación, eso si eran hombres que no vacilaban para malograr a cualquiera por macho que se creyera, ay las cosas que sucedían en ese entonces.

Una vez que mis hombres llegaran a la ciudad  tenían orden de dispersarse, pero antes acordamos juntarnos en un restauran-cito que había  por lo frente de una escuela donde el escritor solía juntarse con algunos de sus amigos, a la hora acordada nos reunimos, mientras esperábamos mi lugar-teniente hizo un recorrido por lugar, a su regreso bebimos  café y comimos algunos aperitivos, luego de esperar un rato se repartieron la armas y se discutieron los pormenores del caso.

  Próximo a la seis, dos botellas grandes de whisky yacían vacía sobre la mesa dijo el capitán, yo acepté esa misión por que quería desquitarme de ese muchacho dijo el general,  ese infeliz era como un nublason negro que me perseguía a donde quiera que iba, y por que motivo quería desquitarse de el pregunte, es que su padre y yo tuvimos un altercado cuando éramos jóvenes, un lío de mujeres, usted sabe, por primera vez sentí algo de miedo, además, estaba sorprendido por la invitación y por la forma como el general  lo hizo, aunque pienso que el único fin era narrarme esta vergonzosa historia.
     
 Volviendo al caso dijo el general, para la ejecución del escritorcito utilice mi propio jeep y un viejo Chevrolet gris del año cincuenta y nueve.

  En el lugar acordado mis hombres aguardaban impaciente, estaban ansioso por acallar a aquel infeliz pero ocurrió  un ligero  percance, sucedió que a la hora acordada fui informado que el escritor se había detenido en una barbería para  cortarse el pelo, de inmediato, me presenté a avisarle a mis hombres, al llegar  no entendí por que estos llevaban puesto chalecos antibalas,  y carga-ban  municiones como para entablar un combate dijo el antiguo general.

 Seria algo más de las seis cuando me info-maron que el paquete iba en camino, sin dudas que se refería que el hombre que íbamos a ejecutar venia hacia nosotros. 

Después de esta conversación nos pusimos en alerta dijo, minutos después vimos su auto asomarse, uno de mi muchacho como para impresionarme dijo: mayor déjemelo a mí solito, mire carajo respondí váyase a su puesto, hice esto porque un guardia jamás debe recibir órdenes de un civil. 
Horas después, el joven escritor pasaba tranquilo por el lugar donde estábamos apostados sin imaginar lo que le esperaba.
No se como el se percató que le teníamos preparada una encerrona, entonces aceleró su vehiculo, y para darle alcance tuvimos que seguirlo un buen trecho, la orden que había era apresarlo donde no hubiese gente dijo el ahora general. 
Cuando lo detuvimos mis muchacho querían lincharlo, fue por eso que tuve que imponer mi autoridad, cállense coño grite, mejor será que vigilen bien oí que dijo un oficial de apellido de la Rosa. Como sabíamos que era un hombre de mucho coraje, lo primero que hicimos fue soltarle par de tabaná, usted sabe capitán como son estas cosas, era una forma de intimidarle y obligarlo a desistir, de sus ataque, pero el maldito nos enfrentó, diciendo que ninguno de nosotros le merecía el mas mínimo respeto, y nos miraba de manera amenazante, fue en ese momento que  entendí que dejar vivo a este hombre no crearía problema.

Mis hombres también tenían la misma idea.
En ese momento el lugar estaba oscuro, además ya yo le había ordenado a mis muchachos que apagaran las luces de los vehículos, en la oscuridad lo zarandeamos varias veces, pero el escritor como si supiera que iba a morir se nos quedó mirando de nuevo y dijo: ustedes no son más que unos criminales sin respeto ni vergüenza, igual que todos los de sus calañas, como nos dimos cuenta que las palabras que salían de la boca de aquel joven estaban cargada de odio, decidimos darle otra tunda, yo iba a golpearlo pero me aguanté, no se como lo hice pero me aguanté repitió el general, entonces encomendé a uno de mis hombre, uno  al que llamaban Dandrade – no se si ese era su nombre o su apellido- le dije que terminara el asuntito ese, pero el tal Dandrade antes de decidirse a acabar con el hombre se puso a revisar sus  documentos, cuando el vio de quien se trataba  se espantó, y mire capitán que a pesar de ser un hombre joven ese muchacho no era ruin ni se andaba con guiri- guiri agregó  el general, comandante nomas démosle un escarmiento como lo teníamos planeado dijo el tan Dandrade con la voz casi quebrada, que te pasa pedazo de cabrón le dije, es que yo conozco a la novia de este hombre dijo el criminal, además ese muchacho es honesto y brillante agregó, haga lo que puedas para salvarle la vida, se lo suplico comandante, es tarde le respondí, ya ese hombre va camino al cementerio.
Como el tal Dandrade vaciló, el resto de mis muchachos sacó del auto al escritor y entre todos empezamos a golpearlo, pero el mal-dito ni siquiera se quejaba, su testarudez nos hizo enfurecer, entonces el teniente de la Rosa sobó su cuarenta y cinco y pum le dio un tiro en la cara y otro que le penetró por un costado y le salio por el otro.
Como en ese momento por el lugar no pasa-ba nadie, decidí despachar a mis hombres dijo el general, no sin antes advertirles que estábamos metidos en seria dificultad, lo mejor será que se vayan cuanto antes canto e cabrones recomendé. 

Solo me quedé con uno de ellos.

A partir de entonces tomé la cosa como había que tomarla dijo el general, -y antes esta situación que usted hizo le pregunté-.
Bueno contestó al tiempo que se pasaba una mano por su cabeza, cuando llegó el primer patrullero le relaté con calma lo que a mi entender había sucedido, le conté que pasaba por allí cuando vi tirado un hombre  a bordo del pavimento, parece que esta vivo le comenté a mi ayudante, como era mi deber le ordené detenerse. 
Después de mis comentarios me di cuenta que unos de los policías quedó impresionado por mi nobleza. 
Cuando llegó la ambulancia, recogieron el cuerpo aun con vida y se marcharon con la sirena puesta, luego el teniente de la Rosa único de mis muchachos que me hacia compañía apuntó: jefe creo que le creyeran; poco después de la siete y media de la noche la radio anunciaba la muerte del escritor.
 Después de ese acontecimiento, el tiempo transcurrió de prisa, unos meses después volvieron de nuevo las investigaciones, pero como siempre todo volvió a su lugar.
Capitán a mi no me pudieron joder dijo el ahora general mientras se servia otro trago, como se dará cuentas mejor me ascendie-ron par de veces y para enfriarme como decimos los guardias me acomodaron en un puesto cerca de la frontera con Haití, y ahora espero mi pensión, y que pasó con sus matones interrumpí, a todos los sacaron fuera del país, y a mucho de ellos la vida le ha sonreído  concluyo diciendo el antiguo mayor.
Cerca de la media noche  le pedí permiso para retirarme, el me lo concedió.-
Por años no se volvió a hablar del caso dijo el capitán Buenrostro, pero un día escuché en la radio que un grupo de ciudadanos preparaban nuevo juicio en contra de los matadores del escritor y decidí cooperar, las noticias decían que uno de los asesino había sido hecho preso por un caso que nada tenia que ver con el crimen, como las autoridades lo reconocieron, el hombre acordó revelar los nombres de los involucrado en el crimen.
Al otro día, casi treinta años después  los diarios se hacían eco de la noticia dijo el capitán.
Cuando se inicio el juicio yo fui uno de los primeros en ser requerido por las autoridades agregó, lo hicieron por que el tal Dandrade dijo que un sargento de apellido Buenrostro y que prestaba servicio en la puerta el día del suceso podía aportar muchas informaciones.
Días después recibía una citación.

Exactamente a la hora acordada me presente antes el despacho del magistrado, como no tenia nada que ocultar le narre paso a paso lo acontecido ese lunes diez y siete de marzo y lo que más tarde me contó el general Montejo
En ese momento escuche afuera una gran algarabía, escuchaba las pasos de los solda-dos, a través de los cristales vi que esposa-do llevaban al antiguo mayor, dos de los implicados les hacían compañía, cuando el juez me preguntó mi relación con el detenido yo le conteste que no teníamos ninguna, que solo  éramos militares con criterio diferente. 
Como mi versión no dejó dudas, cuando salí del juzgado la prensa me atosigó con una andanada de preguntas, como ven yo estoy en libertad le dije a las insinuaciones de alguno, y nada tengo que ver con el caso- .

Después de enconados debates, los jueces encontraron culpable al antiguo general y a varios de sus hombres. 
La gente lo celebró. 
A mi me descargaron.
Para esa fecha mis superiores  recomendaron el ascenso.

Como quería despejar algunas dudas dijo el ahora mayor, un día decidí visitar al general, cuando obtuve el permiso de lugar acudí a la fortaleza donde el se hallaba recluido, a pesar de mi rango accedí para que tomaron mis datos, y para que me asignaran un soldado que me sirviera de guía, cuando el general alcanzó a verme se me quedó mirando y dijo: que viene a hacer usted por aquí, sin pensar ni un segundo siquiera le dije si quiere saber por que vengo a visitarlo primero párese en el espejo que tiene en frente y pregúntele a el, dígale que esta arrepentido de lo que hizo, cuéntele lo mismo que me contó aquella noche, dígale como fue que usted y sus hombres segaron la vida de un hombre noble con cuatro onza de plomo. 

Después de un tiempo tuve un encuentro fortuito con el guardia que me acompañó el día de mi visita al penal donde esta recluido el antiguo general. El soldado me narró que desde que yo salí del precinto carcelario el viejo general se pasa muchas horas arro-dillado delante del espejo dándose golpe en el pecho.
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